Shakespeare

y la música

La música ha sido parte fundamental de las artes escénicas desde siempre como se puede corroborar en el teatro griego o en los autos sacramentales del medioevo. Por supuesto, no es algo diferente en la era isabelina en Inglaterra, entre finales del siglo XVI y comienzos de XVII, donde el referente cultural es William Shakespeare. Gracias a él el teatro inglés llega a su máximo esplendor y abre el camino al teatro moderno.

shakespearewebLa obra de Shakespeare está llena de música de maneras muy diversas. Las más evidentes eran  las escenas de fiestas o celebraciones que incluían danza. Otras veces la música hace parte de la caracterización de personajes, por ejemplo cuando la indicación “música solemne” prepara la entrada a escena de un personaje importante como un rey. En ocasiones Shakespeare encargó la composición de algunas piezas para las primeras representaciones de sus dramas, pero supo también utilizar las canciones populares que todo el mundo conocía.

Es el caso de Hamlet. Cuando Ofelia pierde la razón habla poco pero canta mucho tonadas populares que son la expresión más clara de sus sentimientos. En El Rey Lear, el personaje del bufón tiene su propia música de acuerdo a su carácter: canciones cómicas con un alto nivel de ironía, que son como la conciencia del escritor ante la situación del pobre rey. Otro caso muy emotivo y trágico lo encontramos en Otelo, el moro de Venecia, la terrible historia del hombre cegado por los celos. Las calumnias del malvado Yago hacen creer a Otelo que su esposa Desdémona le es infiel con su teniente Cassio. Antes de ser asesinada por su celoso marido Desdémona canta la canción del sauce, The Willow Song, una triste canción popular de autor anónimo sobre el desamor que el público conocía.

Pero la música también ha sido aliada de los amantes y acompaña las escenas del amor, y este poder también lo revelan las palabras como queda claro al inicio de  Noche de Epifanía cuando el duque dice:

Si la música es el alimento del amor, tocad siempre, saciadme de ella, para que mi apetito, sufriendo un empacho, pueda enfermar y así morir….

Existe, sin embargo, otro aspecto más profundo con respecto a la música en la época isabelina. Gracias a humanistas como Marsilio Ficino y Robert Fludd, el renacimiento retomó las ideas de Platón. Una de esas ideas es la del universo como un hecho musical. Las esferas celestes en su trayectoria producen sonidos que forman una armonía de inigualable belleza, una música perfecta en proporción. Pero el hombre no escucha esta armonía celestial porque la cárcel del cuerpo no se lo permite. Pero a través de la música de hombre su alma recuerda esa belleza perfecta, esa armonía, aunque su recuerdo le produce dolor, nostalgia del bien perdido. Esta idea aparece no pocas veces en la obra de Shakespeare. Por ejemplo en El Mercader de Venecia, cuando Lorenzo habla así a Jessica:

…Vamos a sentarnos allí y dejemos los acordes de la música que se deslicen en nuestros oídos. La dulce tranquilidad y la noche convienen a los acentos de la suave armonía. Siéntate Jessica. ¡Mira cómo la bóveda del firmamento está tachonada de innumerables patenas de oro resplandeciente! No hay ni el más pequeño de esos globos que contemplas que con sus movimientos no produzca una angelical melodía que concierte con las voces de los querubines de ojos eternamente jóvenes. Las almas inmortales tienen en ellas una música así; pero hasta que cae esta envoltura de barro que las aprisiona groseramente entre sus muros, no podemos escucharla…

Más adelante Jessica le dice a Lorenzo que nunca está alegre cuando oye música dulce, a lo que Lorenzo responde:

La razón es que todos vuestros sentidos están atentos. Fijaos un instante cómo se conduce un rebaño montaraz y retozón, una yeguada de potros jóvenes sin domar, haciendo locas cabriolas, soplando y relinchando con estrépito, acciones a las que les impulsa naturalmente el calor de la sangre; si ocurre que por casualidad esos potros oyen el sonido de trompetas, o si alguna tonada musical llega a herir sus oídos, los veréis bajo el mágico poder de la música, quedarse inmóviles como por acuerdo unánime, y sus ojos tomar una tímida expresión. Por esta razón, el poeta imaginaba que Orfeo atraía a los árboles, a las piedras y las olas, pues no hay cosa tan estúpida, tan dura, tan llena de cólera, que la música en un instante, no le haga cambiar su naturaleza. El hombre que no tiene música en sí ni se emociona con la armonía de los dulces sonidos es apto para las traiciones, las estratagemas, las malignidades; Los movimientos de su alma son sordos como la noche, y sus sentimientos, tenebrosos como el Erebo. No os fiéis jamás de un hombre así. Escuchad la música.

Esta cita, que es el origen de la Serenata a la música de Ralph Vaughan Williams, nos da la clave del significado de la música en el teatro de Shakespeare. No es sólo una cuestión de ambientación sino toda una filosofía sobre el orden universal y sobre el bien y el mal. A partir de ese concepto de armonía podemos hacer una nueva lectura de personajes trágicos como Hamlet, Macbeth, Ricardo III, Othello o Lear.

¿Música escucho? Ja, ja, mantened el ritmo. ¡Qué ácida es la dulce música cuando el tiempo está quebrado y no hay proporciones! Así es en la música de las vidas humanas, y aquí tengo yo la delicadeza del oído para controlar el tiempo quebrado en una cuerda desordenada. De no haber sido por la concordia de mi estado y de mi tiempo no habría tenido oído para escuchar la fractura de mi verdadero tiempo.

Ricardo II

Cordelia.- ¡Oh, dioses, curad este desgarramiento de su naturaleza ultrajada!

Los sentidos desafinados y discordantes.

¡Oh, concluid con este padre vuelto hijo!

El Rey Lear

La carga dramática del concepto de la armonía en las tragedias es evidente, pero también las comedias se pueden reinterpretar desde la música. A medida que Shakespeare escribe sus obras, utiliza más la música. Sus últimas comedias se acercan más a la mascarada, un tipo de obra de carácter fantástico con una presencia fundamental de la música. En obras como Cimbelino, Como gustéis o El cuento de invierno la música concreta la resolución de los conflictos y se presenta como algo sobrenatural.

El caso más complejo es el de la última obra de Shakespeare, La tempestad: En una isla desierta viven Próspero, el verdadero Duque de Milán y su hija Miranda. Próspero posee conocimientos de magia y con la ayuda de Ariel, un espíritu del aire, ha provocado una tormenta que ha hecho naufragar el barco de Antonio, hermano de Próspero y usurpador de su trono, quien viaja con Alonso, rey de Nápoles, su hijo Fernando, y otros personajes. Por orden de Próspero, Ariel conduce a Fernando hacia Miranda y los dos se enamoran. Por otro lado, Ariel ejerce su poder mágico sobre los náufragos haciéndolos dormir o despertar, llevándolos a algún lugar escogido por Próspero, o recordándoles sus crímenes.

Lo más interesante es que la magia de Ariel es precisamente la música. Con sus canciones domina a los hombres y a la naturaleza, pero los puede dominar porque su objetivo final es bueno, es el de restablecer el orden que había sido trastocado por la ambición y la maldad del hombre. Ariel, como los ángeles, es el mediador entre lo divino y lo humano. La obra termina con la reconciliación de las partes.

En La tempestad encontramos la música en todas las maneras que hemos comentado: música popular; canciones a cargo de los personajes para expresar sus pensamientos; la música como actante que participa de la construcción de personajes y situaciones y música humana que trasciende hacia la música de las esferas, que indica la armonía perfecta y el orden que sostiene el universo.

Como sabemos Shakespeare ha trascendido su tiempo y a través de los siglos ha sido admirado y estudiado con profundidad. Por supuesto, sus dramas han generado innumerables partituras a lo largo de los años: Othello ha sido puesta por Rossini, Verdi y la Canción del sauce además fue puesta en música por Arthur Sullivan. Romeo y Julieta ha generado el ballet de Prokofiev, la ópera de Gounod y el músical West Side Story de Leonard Bernstein. Una de las obras más conocidas de Felix Mendelssohn es la música incidental para Sueño de una noche de verano, obra que también fue puesta en música por Elvis Costello. Versiones de Hamlet se deben a Tchaikovsky, Prokofiev, Ambroise y Liszt. El encanto de La tempestad inspiró a Sibelius, Nyman, Debussy y Tchaikovsky, y La fierecilla domada fue el origen del musical Kiss me, Kate de Cole Porter. La lista es interminable y seguramente seguirá creciendo, pues Shakespeare seguirá vigente por su capacidad de penetrar en las mentes y las almas de los hombres, y por la riqueza del universo

Por: Carolina Conti