El tenor del gato

“Los jazzistas no me consideraban un músico de jazz. Si era latino, tampoco me consideraban latino. Así que estoy en el medio. Una buena cosa. ¿Sabes por qué? Porque me preguntan: «¿Qué tocas?». Y respondo: «Mi música: Gato Barbieri»”.

Cuando hablamos del saxo en el cine podemos recordar a Robert De Niro seduciendo en New York, New York a Liza Minelli mientras le sopla sus notas de amor a través del laberinto metálico de su instrumento; la reinvención en imágenes del legado esplendoroso y maldito que vivió y sufrió Charlie Parker según Clint Eastwood & Forest Whitaker en Bird; el tono rasposo y humeante que podría tener la voz de un fumador compulsivo cuando Dexter Gordon habla con la textura rugosa de una caverna divina donde se encuentran los dioses del jazz, inversamente proporcional al lirismo cristalino del saxo tenor que interpreta en Round Midnight. También recordar a Gato Barbieri cuando hizo del saxo una versión musical del sexo en el cine, capaz de salvar, aunque fuera fugazmente, a Marlon Brando y María Schneider de sus miedos y neurosis en la película que estremeció las convenciones morales del público a principios de los años setenta, cuando Bertolucci estrenó El último tango en París.

Un saxo del tenor que tuvo Gato Barbieri brilla por contraste y estilo con otros saxofonistas que definieron su época. Vidas paralelas -por influencia o cronología-, que transformaron su tiempo: Charlie Parker, Sonny Rollins, John Coltrane, Ornette Coleman.

Héroes que se agregaron al origen de su perspectiva geográfica en términos culturales, la historia de Gato Barbieri ilustra una condición frecuente en Latinoamérica: el aprendizaje del artista que rechaza lo parroquial –en sus primeros años Barbieri sólo quería escuchar jazz- y rescata con el transcurso del tiempo la música folklórica, por la que se interesó desde Europa, evocando el tango y los Andes.

Antes de convertirse en el gato talentoso que rasguñaría el jazz, el felino se llamó Leandro. Nació el 28 de noviembre de 1932 en Rosario (Argentina), y festejó sus 15 años de edad cuando se fue a Buenos Aires. Sería conocido entonces, ya con mayúsculas, como el Gato, por su vida nocturna, cuando se deslizaba para maullar con la gracia de su saxo –que empezó a tocar a los 20- en distintos clubes de jazz donde aprendió descubriendo un horizonte más allá del local; integrando la orquesta de Lalo Schifrin, otro viajero del jazz, nacido en Buenos Aires, adiestrado en París, fundador de la que puede ser la primera big band porteña, pianista en Nueva York del quinteto de Dizzy Gillespie a principios de los años sesenta, héroe cultural con derecho al rótulo por su aventura en la música.

El crítico Nat Hentoff –en su semblanza del Gato titulada The third world cat in the black hat-, recordaba que Barbieri definía su música como “tercermundista”.

“Hasta donde puedo recordar, el primero que usó esa expresión fue De Gaulle para describir una fuerza política independiente, una tercera fuerza intermedia entre los bloques norteamericano y ruso. Pero después de De Gaulle, la expresión «tercer mundo» alude a los intereses comunes de Asia, Africa y América Latina. Como argentino, yo soy parte del «Tercer Mundo»”.

Tendría que recorrer Europa, Estados Unidos y, por extensión, el mundo, en compañía de su adorada Michelle –que postró en la tristeza a Barbieri cuando murió en 1995-, para reconocerse en términos creativos cruzando el umbral de la música sin fronteras que engrandece al jazz. No es gratuito que su primer disco de impacto internacional se titulara The Third World (1969).

En su consciencia creativa estuvieron el cine y la amistad con un mito que estremeció las pantallas durante la plenitud de los años sesenta: Glauber Rocha. Honrando su condición como artista del Tercer Mundo, Rocha se convirtió en un director emblemático de la militancia fílmica conocida como el Tercer Cine –un concepto de realización política en contra de los patrones establecidos por la diversión de Hollywood, el colonialismo y la miseria que amenazaba al continente-.

Rocha sirvió de inspiración al Gato para abreviar la distancia con la memoria del continente que lo nutrió de manera excepcional en la tradición del jazz. Se comprende entonces el homenaje que Barbieri le tributa en The Third World cuando le dedica un tema titulado como su película: Antonio das Mortes.

El arco en el tiempo se ensancha: desde una primera influencia –Now’s the Time de Charlie Parker-, Barbieri avanza con el entusiasmo de una curiosidad sin límites abarcando la música de Heitor Villa-Lobos o Astor Piazzolla. Hace parte de la historia itinerante a la que pertenecen Francisco Raúl Pérez Grillo “Machito”, Mario Bauzá, Chico O’Farrill, Paquito D’Rivera, Arturo Sandoval, Alfredo Rodríguez, David Sánchez, Justo Almario, Fernando Otero, Katie Viqueira: músicos que llevaron su herencia al escenario del jazz según el lugar del mundo al que viajaran, redefiniendo la idea del exilio creativo.

“No me siento exiliado. Vivo en Nueva York y el teléfono, la internet y los aviones me hacen estar en contacto con gente de todos lados, incluyendo Argentina. No me creo capaz de buscar una identidad, sino simplemente de ser. Siento que cada uno de nosotros tiene sus raíces y quedan reflejadas inevitablemente en la composición y la interpretación”, asegura Otero en Carambola de Luc Delannoy.

En la memoria del jazz, el legado se transforma: Charlie Parker inspira a Ornette Coleman, que inspira a Don Cherry, que conoce a Gato Barbieri –admirador de Coleman-, en Roma, a principios de los años sesenta. Cherry será la cereza del pastel para el Gato cuando toquen juntos en discos tan legendarios como Symphony for Improvisers, y cuando graben en Nueva York, para el sello Blue Note, Complete Communion, en completa comunión creativa con la ciudad que visitaba por primera vez Barbieri.

Los callejones que el gato recorriera en Buenos Aires se prolongaron de manera kilométrica en su búsqueda sin fronteras de la música, de sus dones y del estilo que buscaba y se definió con el lirismo crujiente que define al Último tango en París, equilibrándose entre la serenidad y las turbulencias del ánimo que reflejan la trama de la película.

Y aunque los discos sean elocuentes para comprender su lugar en el jazz –podemos escuchar su autobiografía musical dividida en cuatro capítulos: Latin America (1973); Hasta siempre (1974); Viva Emiliano Zapata (1974); Alive in New York (1975), sumando Yesterdays (1973); Caliente! (1976); Ruby, Ruby (1977), y el resto de la discografía que forjó su leyenda-, la ansiedad por el rótulo persistía.

“En aquellos días [los años setenta]”, declaró Barbieri en una entrevista, “los jazzistas no me consideraban un músico de jazz. Si era latino, tampoco me consideraban latino. Así que estoy en el medio. Una buena cosa. ¿Sabes por qué? Porque me preguntan: «¿Qué tocas?». Y respondo: «Mi música: Gato Barbieri»”.

Una música forjada en los viajes, los encuentros, los dilemas creativos y, en una palabra, la autenticidad hecha estilo –por la que seguiremos recordando al Gato cuando lo escuchemos deslizándose con gracia felina por el aire de su saxo-.

Hugo Chaparro Valderrama, Laboratorios Frankenstein