JACKY TERRASSON

Cuando el león se va haciendo mayor

El pianista Jacky Terrasson se presentará junto a su trío el viernes 18 de mayo en el marco de la edición número 30 del Festival de Jazz del Teatro Libre. Sus trabajos discográficos grabados para Blue Note e Impulse! Records, así como el primer puesto en la Competencia Internacional Thelonious Monk, han proyectado a Terrasson como uno de los más importantes pianistas de su generación.

Por Juan Carlos Garay

En la década de los noventa hubo una nueva revolución en el jazz. Una camada de músicos de veintitantos años mostraba su conocimiento y aprecio por las grandes figuras del pasado, y traía a colación algunos ecos, algunos detalles de los clásicos, pero los entremezclaba con una energía feroz a la hora de tocar su propia música. Por eso la prensa especializada empezó a referirse a ellos como “los jóvenes leones”.

Jacky Terrasson fue uno de los grandes personajes de esta corriente en su instrumento, el piano. Saltó a la fama cuando ganó la Competencia Internacional Thelonious Monk y al poco tiempo ya había firmado un contrato con el sello Blue Note Records. Si bien todo esto sucedió hace dos décadas y la novedad ha acabado, Terrasson continúa su carrera produciendo discos cada vez más interesantes y muy personales. Ahora graba con el sello Impulse!, que le ha permitido licencias un poco más sentimentales, como su reciente álbum Mother. Su historia es la de un joven genial que, al cabo de los años, se ha ido curtiendo pero no menguando. Un león maduro que accedió a hablar sobre su vida y su oficio.

Usted nació en Alemania, su madre es afroamericana y su padre es francés. Es decir, hay una mixtura muy particular dentro de usted. ¿Piensa que cada uno de esos elementos está presente en su música?

Definitivamente, lo francés y lo estadounidense aparecen en mi música. Nací en Alemania pero no he vivido allá, ni siquiera hablo el idioma. Si reviso mi vida, la mitad la he pasado en París y la otra mitad en Nueva York. Y definitivamente Nueva York ha sido una influencia en cuanto a la manera como escribo y como escucho la música.

Pero creo que el elemento francés también es muy fuerte. De lo contrario no tendríamos en su discografía un álbum como A Paris… (2001), que es un disco donde se respira toda esa cultura de la chanson, con referencias a Édith Piaf o a Jacques Brel…

Cuando empecé a pensar en el álbum de París quise plasmar las melodías  que se oyen en las calles, pero también la música de las películas francesas. El tratamiento que quise darles era el mismo que un músico estadounidense le da a los standards. En ese sentido no habría diferencia entre Sous le ciel de Paris y You don’t know what love is. Son canciones que tienen melodía, armonía, forma, y eso es todo lo que necesitas.

Me llama la atención porque el jazz también es, en sí mismo, una amalgama. ¿Cree que ayuda tener ese bagaje, esos antecedentes a la hora de interpretar?

No solamente para mí. Escucho constantemente a gente que viene de diversas partes del mundo y creo que es enriquecedor tener jazz que se mezcla con sonidos de diferente origen. Oigo instrumentistas italianos y uno definitivamente puede distinguirlos como italianos: hay una expresividad particular. Y por otro lado, si uno oye músicos escandinavos, ellos también tienen algo propio, algo que no se oye en otras etnicidades. Son como pintores, y cada uno de ellos elige unos

colores diferentes. Lo importante para mí es que haya un sentido de aventura.

Vamos al comienzo de la historia, si le parece. Son los primeros años de la década de los 90 y usted gana la Competencia Internacional de Piano Thelonious Monk. Por esa misma época su contemporáneo Wynton Marsalis sale en la portada de la revista Time y la prensa empieza a referirse a esa generación como “los jóvenes leones”. ¿Se identifica con ese grupo?

No sé qué significaría eso de ser león. ¿Por qué no un elefante? (se ríe). Lo que quiero decir es que la expresión terminó volviéndose un cliché. En realidad lo que pasaba era que varios músicos estábamos emergiendo al mismo tiempo. Yo simplemente era joven y estaba lleno de ganas de estudiar y de tocar. Y todavía me siento así, solo que, bueno, digamos que ahora soy como un león más viejo.

A propósito de aquel premio, ¿quién es para usted Thelonious Monk?

Era un genio. Un compositor asombroso y un hombre que vivía en su propio planeta. Alguien que logró hacer lo que sueña todo músico: crear un universo. Tú oyes dos compases, cuatro notas, de Thelonious Monk y sabes que es él. Eso es ser único. Era un músico que tenía una identidad muy fuerte y no hacía concesiones; le apostaba a aquello en lo que creía. Y le funcionaba.

Hablemos de la raíz. El blues, por ejemplo, ¿qué tanto le interesa? ¿Qué tanto recurre al blues en su propia creación?

No soy un afiebrado del blues. Me encanta la forma, la expresión, pero no me atrae tanto lo que se hace en el blues a través del piano. Desde luego que existen maestros, pero también en la interpretación han surgido muchos trucos, muchos artilugios, y cuando eso sucede una expresión se vuelve más limitada. Personalmente, si voy a escuchar blues, prefiero que lo toque un tipo como Herbie Hancock.

¿Por qué Herbie Hancock?

Entre otras cosas, porque es de Chicago, una ciudad donde se respira el verdadero blues.

Hay dos mujeres que han sido muy importantes en su vida profesional; quisiera que habláramos de ellas. La primera es esa gran dama llamada Betty Carter. Ella le dijo a usted un día que lo necesitaba como pianista para una serie de conciertos, comenzando al día siguiente. Usted aceptó y estuvieron de gira durante un año.

Fui muy afortunado por haber podido tocar con ella durante ese año de 1993. Betty Carter siempre esperaba que interpretaras la música, es decir que lo hicieras verdaderamente, que te entregaras al cien por ciento, que fueras creativo. Y decía: “No toques las mismas cosas que tocaste anoche”. Casi

siempre empezaba sus conciertos con una balada que se llama You go to my head, una composición maravillosa. Y le gustaba hacerla en un tempo muy, muy lento. Y bueno, cuando uno es un veinteañero, uno quiere hacer todo rápido, tocar muchas notas. Entonces ella me decía: “Vas a calmarte. Y si llegas a tocar con demasiada energía, te mato”. Eso fue lo que ella me enseñó: a tomarme mi tiempo.

La otra cantante sobre la que quería hablar es Cassandra Wilson. Ustedes hicieron juntos el disco Rendezvous (1997), que es todo un hito. Allí su papel es el de acompañante. Digamos que su presencia no se nota a menos que uno esté muy concentrado, y entonces se escuchan cosas muy interesantes. ¿Cómo es el papel del pianista acompañante a diferencia del pianista líder?

Cassandra tiene un tono único, a veces muy oscuro para ser una voz femenina, y me encanta. Si la comparas por ejemplo con Norah Jones, estamos hablando de una tesitura que va de la mitad hacia abajo. Cuando uno acompaña a una voz así, el trabajo que debe hacer es proveer los mejores fondos musicales sin salir demasiado al primer plano. Esto se hace en conjunto con el bajista, el baterista y quienquiera que esté conmigo entre los instrumentistas. Eso fue lo que busqué todo el tiempo cuando grabamos aquel disco, y el resultado me puso muy contento.

Un crítico escribió en la revista Time que sus primeros dos discos eran más intelectuales, en tanto que a partir del disco Alive (1998), grabado en vivo, la experiencia de su música se vuelve más emocional…

Estoy de acuerdo. Cuando uno graba un primer álbum, uno está tratando de probar algo: esta es la música que me gusta, esto es lo que puedo hacer, este es mi rango. Sucede en cualquier disciplina. Y a medida que vas avanzando en los álbumes empiezas a pensar: “¡Ey, ya no tengo que probar nada! Ahora voy a expresarme con

mi propia voz”. Pasado un tiempo, el artista sabe que lo único que necesita hacer es depositar todo su sentimiento en su creación. No se trata de ser veloz ni de hacer un arreglo intrincado. Se trata de la música.

Aquella reseña planteaba una especie de contrapunto entre lo intelectual y lo emocional. Hablando de esos dos elementos, ¿qué tanto hay de cerebro y qué tanto de corazón en su música?

Ambos tienen que estar ahí. Uno tiene que pensar, pero al mismo tiempo está vertiendo cosas muy personales en la música. Si no tienes al menos esos dos elementos, la música no funciona. No creo que la música sea solo emoción, pero tampoco puede ser únicamente algo cerebral porque sería muy aburrido. Debe haber un balance. La cuestión no es qué tanto tiene de un aspecto o de otro, la cuestión es qué tan poderosa es.

Su más reciente disco, Mother (2016), es un buen ejemplo de ese balance. Ahí lo que escuchamos son unos duetos muy inspirados para trompeta y piano. ¿Cómo surgió ese proyecto?

El trompetista Stephane Belmondo es un músico con el que hice muchos conciertos, y el sello disquero Impulse! me estaba diciendo que ya era hora de volver a grabar. En un principio pensamos hacer algo con el trío, y de hecho empecé a escribir algunos temas, pero comencé a sentirme presionado. Así que llamé a mi jefe por teléfono y le dije: “Oye, los últimos años he estado haciendo música a dúo con un trompetista. Todo suena natural, nos conocemos bien. ¿Por qué no lo llevo al estudio y grabamos?”. Me dio el visto bueno, y el resultado es ese disco que fue fácil, fue fluido, como una conversación entre dos amigos.

Usted viene a Colombia con Thomas Bramerie en el contrabajo y Lukmil Pérez en la batería. Es un formato al que vuelve todo el tiempo, a pesar de haber experimentado con otros sonidos y hasta con instrumentos eléctricos, como hizo en el álbum What It Is (1999). ¿Qué tiene de especial el formato de piano, contrabajo y batería que hace que usted regrese?

Para un pianista de jazz, el formato de trío es clásico, es algo que lleva haciéndose mucho tiempo. Pero también es un mundo lleno de posibilidades, dependiendo de los músicos con los que estás tocando. Un trío puede sonar muy tradicional o muy moderno. Y sobre todo es un canal de salida de tu personalidad: uno va creando el clima en complicidad con el baterista y el contrabajista. Y, obviamente, son tres instrumentos que se complementan, que van pintando un cuadro, que van construyendo un equilibrio. Así es como lo veo.