EDMAR CASTAÑEDA Y LA DIÁSPORA EN N.Y.

Y dónde está el rumbero del arpa?

El 3 de noviembre el arpista Edmar Castañeda y el percusionista Samuel Torres se presentarán junto a la Nueva Filarmonía de Ricardo Jaramillo en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo: el Concierto para arpa y Regreso, obra para seis congas, cajón y orquesta conforman parte del programa.

 

Por: Luis Daniel Vega

Resultado de una azarosa migración a mediados de la década del noventa,  Nueva York recibió desde hace algo más de 15 años a un puñado significativo de músicos colombianos nacidos en los años setenta que llegaron allí para estudiar, trabajar y, por qué no, encontrar un sonido propio.

Nombres como Samuel Torres, Sebastián Cruz, Alejandro Flórez, Ricardo Gallo, Marta Gómez, Martín Vejarano, Daniel Reyes, Gregorio Uribe, Nilko andreas Guarín, Diego Obregón, Morris Cañate, Carolina Calvache, Juan Fernando Montoya, Andrés García y los músicos vinculados al sorprendente Combo Chimbita, entre muchos otros, han abierto sendas insospechadas, manteniendo el vínculo con Colombia a través de músicas mestizas que apuntan en varias direcciones como el jazz, el vanguardismo tropical, el rock, la música de cámara en coordenada andina, la cumbia, el currulao y, en el caso específico de Edmar Castañeda, la pasmosa reflexión a la recia tradición musical de los llanos de Colombia y Venezuela.

Ahora bien, vale la pena recordar que antes de esta generación, exactamente desde el año 1910, variopintas diásporas de músicos colombianos hicieron presencia en Nueva York escribiendo páginas memorables de la historia sonora colombiana.

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Formado musicalmente al lado de Pedro Morales Pino, el pianista Emilio Murillo Chapull fue uno de los protagonistas de la bohemia bogotana finisecular. Durante las celebraciones del Centenario de la Independencia, en 1910 hizo su segundo viaje a Nueva York donde registró para el sello Columbia las que son consideradas las primeras grabaciones de un colombiano en la Gran Manzana. Dentro de las piezas  se destacan el Himno republicano de Colombia, algunos pasillos y valses, un capricho y High Life, una composición suya que evoca, con cierta ingenuidad, al jazz.

Ese mismo año la Lira Antioqueña –dirigida por el bandolista Fernando Córdoba– también llegó a Nueva York a sacar provecho de la naciente industria fonográfica y el boom de canciones y música de baile latinoamericanas que por esos años se vivía en la ciudad. La cosecha de la Lira Antioqueña incluyó la primera grabación del Himno Nacional de Colombia y pasillos legendarios como Rumor, El pedregal, El calavera y El titiritero.

A estos aventureros en tierras neoyorquinas se les sumaron, años después, el escritor y compositor Jorge Áñez, los Hermanos Hernández, el director tumaqueño Nano Rodrigo, la barranquillera Sarita Herrera, el cantante bogotano Alejandro Wills –quien en 1919, junto al tiplista Alberto Escobar, grabó en Nueva York la célebre Alma llanera–, Álvaro Dalmar y el compositor sinceano Adolfo Mejía, quien arribó a la ciudad en 1930.

A finales de la década de los años cincuenta, llegaron músicos como el violinista Arty Bastidas, el sanandresano René Grand y el pianista Al Escobar que incursionaron de lleno en los circuitos neoyorquinos de jazz afrocubano, boogaloo y salsa con históricas grabaciones como Al Escobar’s Rhythmagic (Cadence, 1958) y Exciting and Grand (Seeco, 1967).

En 1965 se instalaron en Nueva York el joven pianista cartagenero Joe Madrid y el saxofonista Justo Almario, quienes iban de gira con la orquesta Cumbia Colombia, dirigida por Chucho Fernández. Ese mismo año, el pianista pastuso Edy Martínez quiso probar fortuna en la capital del mundo.

Una tarde de domingo, cuando tocaba en un parque con un pequeño grupo de músicos latinos, un personaje alto y fornido lo abordó. Era Ray Barreto con quien, a la postre, grabó discos clásicos como Señor 007 (1965) y The Other Road (1973). Ese mismo año se enfiló en el combo de Mongo Santamaría, en el cual, por recomendación del mismo Edy, se enlistaron Madrid y Almario por allá en 1976.

Entre finales de los ochenta y mediados de los noventa llegaron a Nueva York el flamante saxofonista Jay Rodríguez, el percusionista Memo Acevedo, la cantante Lucía Pulido y los pianistas Héctor Martignón y Pablo Mayor. Estos tres últimos abonaron el terreno para la nueva generación que se aproximaba.

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Aunque cueste creerlo, Edmar Castañeda es bogotano; fue en la capital donde aprendió los secretos del gaván, la catira, el pájaro, el pajarillo, el zumba que zumba, la chapola y la quirpa, entre otra infinidad de aires que se derivan del joropo; pronto, apenas entrando a la adolescencia, abandonó Colombia.

Con la lección aprendida y el talento natural entre las manos, arribó a Nueva York en 1994. Sin que la casualidad se asomara para darle un aventón, insistió hasta que lo dejaron entrar una noche a La Esquina Habanera, un club nocturno al lado del Río Hudson en el Estado Jardín, donde todos los domingos se celebraban las ya míticas “Noches de la rumba”, que el arpista había oído mencionar en boca del guitarrista David Oquendo.

Paquito D´Rivera, quien a la postre se convirtió en una suerte de padrino del colombiano, relata con desenfado la singular anécdota: “Atraído por lo que le habían contado, lleno de entusiasmo y determinación, el joven arpista emprendió el largo viaje desde su hogar hasta el barrio cubano de Union City. Cuando Edmar llegó al lugar, desde el portero hasta los asistentes no daban crédito a que un arpa llanera hiciera parte de una rumba de este calibre.

Pero Edmar, aunque debía lucir un poco azorado quizá, se lo tomó con el sentido del humor que lo caracteriza, y siguió su camino hacia la tarima de donde venía David Oquendo, que acudía al rescate de su amigo gritando: –Déjenlo entrar, que ese chamaquito sabe más de lo que ustedes creen–. Y tendiéndole su mano derecha con una sonrisa que le iluminaba el rostro, le dijo: -Bienvenido-, conduciendo al joven del exótico instrumento hacia la tarima donde los rumberos afinaban sus tambores para iniciar la excitante función de cada domingo.

Quién sabe lo que habrán platicado aquella noche los dioses andinos con los Orichas del África lejana; pero lo cierto es que desde entonces, lo primero que preguntan los rumberos cuando llegan a la rumba es: ¿y dónde está Edmar Castañeda, el rumbero del arpa?”.

Sin lugar a dudas, desde aquella noche temeraria un meteoro entró con fuerza al jazz latino, en el que jamás se había visto a un arpista de esas magnitudes, salvo el protagonismo que durante los noventa tuvo el uruguayo Roberto Perera. Con Castañeda los vasos comunicantes entre el jazz y “lo latino” se difuminan y van más allá de la mera nostalgia y el exotismo, aunando en un híbrido inédito joropo, jazz, flamenco, tango, dixieland, swing, funk, zamba argentina, choro brasileño, cumbia y porro.

La exploración de Castañeda, que pone al límite las categorías, ha quedado registrada en Cuarto de colores (2005), Entre cuerdas (2009), Double Portion (2009) y Live at the Jazz Standard (2015), cuatro discos en los que lo han acompañado una soberbia lista de luminarias dentro de las que se destacan  Paquito D´Rivera, John Scofield, Ari Hoening, Joe Locke, Héctor del Curto, Hamilton de Holanda, Gonzalo Rubalcaba, Gregory Maret y Miguel Zenón.

Si bien en Latinoamérica la música de arpa está ceñida a regiones de la geografía hemisférica específicas, Edmar Castañeda ha logrado sacar del confinamiento al instrumento y llevarlo a lugares que en el jazz latino nunca se habían explorado. Su nombre dentro de la incipiente historia del arpa en el jazz –que bien se puede empezar a contar desde 1957 con el disco The jazz harpist de Dorothy Ashby– ya comparte un lugar de honor al lado de Alice Coltrane, Adele Girard, Brandee Younger, Caspar Reardon y Zeena Parkins.

Recientemente, Edmar Castañeda se embarcó en una gira mundial junto a la pianista japonesa Hiromi Uehara. Al término de una presentación del dueto en Francia, Sting sentenció: “Nunca me imaginé que un arpa sonara así”. De ese calibre son los elogios que a menudo recibe Castañeda sin que esto diezme su delirante ejercicio profesional que incluye, entre otras cosas, la presentación en Bogotá –junto a la orquesta Nueva Filarmonía- del Concierto para arpa y orquesta de su autoría.