Bis al blues de B. B.

Diez episodios legendarios “que no habrían existido sin B. B. King”: The Jimi Hendrix Experience; Cream; Santana; The Paul Butterfield Blues Band; The Allman Brothers Band; Johnny Winter; Fleetwood Mac; ZZ Top; Stevie y Jimmie Ray Vaughan, y Robert Cray

Toronto 2007
Toronto 2007. Foto: Kasra Ganjavi

Un joven y enérgico guitarrista decide arriesgar su vida, con la pasión de sus veinticinco años de edad, cuando se atreve a nadar entre las llamas que incendian el salón donde tocaba esa noche. Quiere rescatar la guitarra de treinta –y sufridos- dólares, que abandonó entre la confusión y el pánico. Todo empezó cuando dos borrachos no aguantaron el rencor que hirvió lentamente en alcohol por causa de la mujer que perseguían los dos y que luego chamuscó una estufa de petróleo con la que se tropezaron para que el fuego corriera como un giro indeseable de la suerte en un pueblo de Arkansas llamado Twist. El joven comprendió entonces que no tenía sentido existir sin la guitarra que lo había salvado de cultivar algodón con el ritmo del infortunio en las plantaciones de Berclair (Mississippi), donde nació el 16 de septiembre de 1925. Gracias a la música y a la gracia del talento, Riley King pasó de ganarse un sueldo miserable en el campo, a suponer un futuro enriquecido por su forma incomparable de tocar ante el público que lo empezó a venerar como un dios terrenal del blues.

La guitarra que salvó del fuego sería la primera de las que llamaría Lucille, a la que siguió una legión de instrumentos curvilíneos que el joven abrazaría cada noche, evocando a la mujer, también llamada Lucille, que enfrentó a los golpes –después de largas batallas de amor- a los amantes desquiciados que bautizaron con su fuego a King.

Un recuerdo abrasador que se prolongó en canciones explosivas como She´s Dynamite, donde otra mujer se pasea entre las cuerdas de la guitarra llevando una pistolita adornada con perlas en su culata, además de un cuchillo, una navaja y una pasión peligrosa. Tan explosiva y voraz como la mujer fanática del boogie-woogie según Boogie Woogie Woman, que baila sin detenerse hasta perder la cabeza.

Hijo de su tradición –el blues como una tristeza suave que se canta-; familiar de un guitarrista totémico del Sur de Estados Unidos –Mr. Bukka White, ex presidiario que pasó un año en la cárcel por una pelea donde estallaron los tiros mientras su música era un éxito que hacía girar las rocolas a finales de los años 30-; apadrinado por Sonny Boy Williamson –capaz de tocar la armónica como si fuera un elixir de la eterna juventud, con toda seguridad mucho más efectivo que los frasquitos de alcohol perfumado en los que se embotellaba un remedio llamado Talaho, promocionado por Williamson a través de la radio-, la voz y la guitarra de King tenían tanto del blues como de los cantos religiosos que hacían del gospel una versión del cielo en la música.

La leyenda sugiere el origen del mito: la b que escribió alguna vez en medio de Riley King fue solamente un capricho y la b reiterada de King pudo ser una forma abreviada de Blues Boy, el programa de radio que lo hizo popular en Memphis, “The Beale Street Blues Boy”, entusiasmando a sus oyentes que empezaron a llamarlo con cariño familiar B. B.

La historia define sus variaciones. El hecho es que Riley King no tardaría en ser B. B. King: primero un disc jockey estrella, a principios de los años 40, en la estación WDIA de Memphis –más conocida en aquella época como la “Emisora Madre de los Negros”-, donde el chico que no tenía dinero para gastarlo en música supuso el paraíso en los anaqueles repletos de discos que lo hicieron feliz en su empleo; luego un promotor radial, como Sonny Boy Williamson, de brebajes supuestamente curativos y de vicios que se evaporaban con placer sensual cuando un fumador encendía los cigarrillos que sugerían un golpe de suerte en su nombre, Lucky Strike, hasta convertirse en los años 50 en B. B. King, cuando su rumbo lo llevó a fusionar el blues rural con la energía eléctrica –y electrizante- del blues urbano, imprimiendo una sonoridad aguda a su guitarra, que gemía dulcemente, expresiva como una mujer apasionada, melancólica o lujuriosa, acompañada por el tono varonil, firme y grueso, que definía el canto de King –¡escuchemos una vez más su tema emblemático, The Thrill Is Gone, que expresa el dolor de un amor derrotado porque ya no hay emoción y es mejor despedirse para evitar el hechizo de su pasión desganada!

Three O’clock Blues fue en 1952 un éxito que se escuchó sin horarios para el placer de su público. Un tiempo vertiginoso para Mr. King, que se empezó a presentar donde apreciaran su música –clubes nocturnos y salones de baile que animaba con su guitarra- con un promedio cercano a 340 noches por año.

Avanzando en el tiempo como un dinosaurio que evitó petrificarse y comprendió el vaivén del público, reinventándose a través de influencias como las que Richard Gehr enumeró en Rolling Stone, anotando el eco de su música en diez episodios legendarios “que no habrían existido sin B. B. King”: The Jimi Hendrix Experience; Cream; Santana; The Paul Butterfield Blues Band; The Allman Brothers Band; Johnny Winter –un guitarrista que anula cualquier orgullo racista de manera metafórica cuando es doblemente blanco como el genio albino del blues que agradecemos cuando lo escuchamos-; Fleetwood Mac; ZZ Top; Stevie y Jimmie Ray Vaughan, y Robert Cray –por qué y cómo lo pueden leer explicado detalladamente en “10 Legendary Acts That Wouldn’t Exist Without B.B. King” (15/V/2015).

Citemos al menos el párrafo de Santana: “Un joven Carlos Santana sintió la influencia de B. B. King tan pronto como lo escuchó en la radio en Tijuana. «Pensé, ‘Man, así es la cosa… Esta es la clase de música que quiero tocar cuando crezca’», recordó. Y viendo a King en el Fillmore West de Bill Graham tuvo una ‘revelación’ la primera vez que fue a San Francisco. Cuando King tocó la primera nota de la noche, Santana pensó, «Fue como si entrara en un mundo totalmente distinto. Me dije, ‘Oh, así es como lo haces. Vas a tu interior y sales con este sonido’». Creada en 1967, la Carlos Santana Blues Band tocó temas de B. B. King con el estilo del rock latino. Santana le acredita a Spellbinder, del guitarrista de jazz húngaro Gábor Szabó, haberle ayudado a escapar de la influencia de King, aunque no lo ha logrado del todo”.

Y aunque es cierto que los adolescentes negros lo abuchearon en un teatro de Baltimore, a principios de los años 60, cuando el blues parecía estar pasado de moda en comparación con las canciones de galanes suaves como Sam Cooke, el legado de B. B. King logró rebasar las décadas cuando se rebasó a sí mismo sin admitir estancarse.

“Ha sido un largo recorrido”, escribió King en el prólogo al libro Solamente blues de Lawrence Cohn. “Desde Blind Lemon Jefferson y Charlie Patton hasta Son House y Robert Johnson, desde Lightnin’ Hopkins y Muddy Waters hasta Eric Clapton y Johnny Winter, hasta Robert Cray y muchos otros músicos y cantantes de blues. Algunos grabaron discos, otros no lo hicieron nunca. Algunos viajaron y actuaron, algunos se quedaron en casa. Como sea, la tradición se ha mantenido. En muchos casos fue necesario desviarse por Europa antes de que algunos americanos reconocieran el valor de su propia música, pero creo que ahora está firmemente arraigada en la conciencia no sólo de los americanos, sino de los amantes de la música de todo el mundo”.

Toronto 2007

Es cierto. Para comprobarlo no tenemos que hacer nada distinto que escucharlo y recordar la historia de su “largo recorrido”. Descubrir en su forma de tocar la evolución no solamente de un músico sino de la época expresada por los blues que aún permanecen. Comprender por qué, a principios de los años 90, cantó en el que aseguró ser el mejor disco que había grabado en su carrera, There´s Always One More Time, que cerrar los ojos es peor que estar ciego y que mientras haya aliento siempre habrá otra oportunidad –otra oportunidad de continuar asombrándonos cuando gire de nuevo una grabación a la que tal vez le hagamos un bis semejante al que respira su nombre cuando se abrevia Blues Boy con dos iniciales que nos revelan el mundo donde brilló B. B. King.