RUDOLF BUCHBINDER

Beethoven, ni clásico ni romántico.

En 2014 el pianista checo Rudolf Buchbinder presentó la integral de las 32 sonatas de Ludwig van Beethoven en el Festival de Salzburgo. Buchbinder por primera vez en nuestro país, será el encargado de interpretar la obra para piano del compositor alemán en el Cartagena XII Festival Internacional de Música.

 

“Las palabras ‘estilo clásico vienés’ usadas para hablar indistintamente de Haydn, Mozart y Beethoven son las palabras más estúpidas de la historia de la música y eso se ha extendido por siglos… ¡Beethoven fue el primer romántico!”.

Así iniciaba la conversación telefónica con Rudolph Buchbinder sobre, precisamente, las sonatas de Beethoven y el “estilo clásico”. Su particular mirada sobre la obra para piano de Beethoven no deja de ser sorpresiva viniendo de uno de los intérpretes legendarios de la tradición vienesa, pues, para muchos entendidos, ubicar a Beethoven exclusivamente en el periodo Romántico constituye un error enciclopédico, típico de extensos volúmenes no especializados.

Pero si usted echa un vistazo a la discografía de Rudolph Buchbinder, con seguridad llegará a la conclusión de que es difícil hallar en la actualidad a un pianista que haya estudiado con tal detalle a Haydn, Beethoven y sus contemporáneos.

Tres muestras discográficas reafirman esto: su integral en vivo de las 32 sonatas de Beethoven en el Festival de Salzburgo, el registro completo de las sonatas de Haydn y la grabación de la antología de variaciones que Antón Diabelli comisionó a Beethoven y a 50 compositores más de su época como Schubert, Czerny, Humell, Kreutzer, etc (al parecer única en la historia del disco).

Al igual que las múltiples miradas que se lanzan sobre los textos sagrados, las diferentes aproximaciones a las obras de arte que sobreviven al tiempo encuentran con frecuencia unanimidad solo en la aceptación común de su grandeza. La obra de Beethoven encaja en este patrón.

Lo anterior explica, al menos parcialmente, el por qué un especialista en el repertorio, como Buchbinder, puede tener una mirada radicalmente opuesta a otro como Charles Rosen, quien, como si se hubiera propuesto provocar a nuestro invitado, tituló su libro más importante: “El estilo clásico: Haydn, Mozart, Beethoven”.

Los 57 años que corren entre 1770-1827 delimitan, además de la vida de Beethoven, otros hechos importantes: el relevo sucesivo de los estilos galante, clásico y romántico, el asentamiento de la forma sonata en Haydn y Mozart, los lieder de Schubert, el triunfo de la música instrumental sobre la vocal y el predominio del piano sobre dos ilustres representantes del sonido Barroco: el clavecín y el clavicordio.

El repertorio para piano, a diferencia de cualquier otro instrumento, logró el desarrollo de su técnica antes de que el instrumento mismo completara su evolución. En otras palabras: los compositores que escribieron para el piano en el siglo XIX lo hicieron desde un instrumento diferente al que conocemos.

“Beethoven -continúa Buchbinder- rompió definitivamente con el pasado en su sonata Op. 101. En esta partitura, debajo del Mi grave, se puede encontrar la indicación Contra E, que al tratarse de una nota que aún no poseían todos los pianos en Viena, debió “subrayarla” con esta indicación para evitar que algún editor la corrigiera, considerándola un error”.

La evolución del instrumento le abrió la posibilidad a Beethoven de escribir para un teclado que empezaba a superar los registros del clavecín y de los primeros pianofortes; también su volumen. “Beethoven fue el primer compositor para piano que escribió en sus partituras la indicación espressivo, que va más allá de un simple accelerando o ritardando“. Esta nueva manera de expresión que señala aquí Buchbinder fue posible gracias al sonido “legato” que entra en el gran repertorio para piano a través de Beethoven. “El sonido de Mozart es claro y limpio, pero vacío”, dijo en alguna ocasión a Czerny.

“Mire, -anota Buchbinder-  el piano es el único instrumento que ha tenido esta fantástica evolución por cientos de años. Las cuerdas, por ejemplo, son las mismas desde hace más de un siglo. Solo algunos compositores escribieron específicamente pensando en esta evolución, particularmente Beethoven y Franz Liszt. Beethoven quebró al fortepiano como estaba concebido. En sus obras siempre está latente la necesidad de expresar más de lo que el teclado de ese momento le permitía”.

El envío desde Londres a Viena en 1817 del modelo Broadwood, que contaba con cuatro teclas adicionales hacia el registro grave, fue definitivo. “Ese tipo de teclado no existía en Viena y su llegada a manos de Beethoven le permitió emprender una fascinante exploración completamente desconocida hasta entonces”. El inicio de esa excursión pianística a la que Buchbinder hace referencia, quedó inmortalizada en la Sonata que finalmente ganó el título de “la Hammerklavier”, el opus 106: la sonata del teclado de martillos. “En lugar de pianoforte, Hammerklavier” escribió Beethoven el 23 de enero de 1817.

En este sentido, la técnica de Beethoven está más cerca a la de Muzio Clementi que a la de Mozart. Si bien las obras de Clementi han sido relegadas a un segundo plano, la técnica compilada en sus cien estudios del Gradus ad Parnasum, no.

Pregunto entonces a Buchbinder si, en ese aspecto, encuentra mayor conexión entre Beethoven y Clementi que entre Beethoven y Mozart, una relación más que aceptada por los historiadores. La respuesta es tajante de nuevo: “No. Es muy peligroso comparar.  Beethoven es único. Es un carácter propio, un estilo propio, el sonido de su piano es absolutamente original. Recuerdo que Nicolaus Harnoncourt entró en cólera antes de un concierto en el que iba a dirigir la Primera sinfonía y el Primer concierto para piano de Beethoven, pues algunas personas decían que estas obras tenían la influencia de Mozart. Él dijo: ¡Esto es Beethoven y nada más!”.

Trato de conciliar nuestra visión, entonces le pido al maestro que por favor me hable de su percepción humana de Beethoven. “Beethoven ante todo era un revolucionario. También una persona extremadamente generosa que tuvo momentos de profundo sufrimiento en la más absoluta soledad. En el testamento de Heiligendstadt se le puede ver considerando el suicidio. Él vivió de casa en casa. Nunca encontró el amor de una mujer… murió solo. Adicional a esto, sus últimos cuartetos al igual que sus últimas sonatas no fueron comprendidas por el público, que en su mayoría prefirió a Rossini”. 

Esa figura, auténticamente romántica del genio al borde del suicidio, del creador huraño e incomprendido que no traiciona a su espíritu, cala a la perfección con la imagen del Beethoven sordo y de pelo enmarañado que desde la soledad de su buhardilla logra interpretar al espíritu de su tiempo.

En 1798 moría de tifoidea a los 24 años Wilhelm Heinrich Wackenroder, el autor de las Efusiones sentimentales de un monje enamorado del arte: el libro que origina el Romanticismo alemán. En 1799, Beethoven apenas publicaba su Sonata Pathetique, aún escrita para el clavecín o el pianoforte. Su primera sinfonía tardaría un año más. 1814 es el año de los lieder goethenianos de Schubert, comúnmente aceptados por los musicólogos como las primeras obras auténticamente románticas. Este desfase cronológico entre las letras y la música es otro factor que cubre de ambigüedad la figura de Beethoven.

“Al Romanticismo le debemos la noción de la libertad del artista y el hecho de que ni él, ni los seres humanos puedan ser descritos por medio de conceptos extremadamente simplificadores, como los del siglo XVIII”.

Como observa Isaiah Berlín en esta sentencia, cualquier intento de clasificación absoluta de un creador y su obra se queda corto, mucho más si se trata de un genio de las dimensiones de Beethoven. “Esto es esto, esto lo otro… ese afán de querer clasificar todo es un gran error de nuestro tiempo”, enfatiza Buchbinder.

Beethoven logró expresar en el marco de las estructuras clásicas la voz más original y libre de su tiempo, propia del espíritu romántico de inicios del siglo XIX, y consiguió,  como ningún otro, reconciliar lo apolineo y lo dionisiaco. Este encuentro hizo posible lo que muchos llamamos el auténtico estilo clásico. El resto no fue más que pura superficie, galantería y rococó.