RAVEL, POR CHAMAYOU

Impresiones de un raveliano

Luego de preguntar sus impresiones a Bavouzet sobre la música de Debussy, Juan Carlos Garay habló con Bertrand
Chamayou, otro de los invitados al XI Cartagena Festival Internacional de Música. Chamayou lanzó en 2016 un álbum doble con la obra completa de Ravel. La revista Gramophone aclamó “su riqueza de detalle, su textura, su lenguaje fluido”. Estas fueron la reflexiones que entregó a TEMPO.

Maurice Ravel nació en el sur de Francia, en un lugar llamado Ciboure, que limita con el País Vasco. A pesar de que terminó viviendo en París, regresaba con mucha frecuencia a ese lugar para componer, y muchas de sus composiciones tienen influencia española, lo cual se entiende porque estaba apenas a 15 kilómetros de la frontera. Es un lugar que voy a visitar con frecuencia y suelo ver, desde mi ventana, la casa donde nació. Si yo pudiera conversar con Ravel le preguntaría sobre sus orígenes, porque muchas de las impresiones que encuentro en su música remiten con fuerza a Ciboure. Me gustaría escucharlo hablar sobre los sentimientos que tenía por su tierra natal.

Yo tenía 8 años y estaba aprendiendo a tocar el piano cuando escuché por primera vez Jeux D’eau. Sucedió que el pianista Vlado Perlemuter, quien había trabajado directamente con Ravel, vino a mi ciudad y la tocó como bis en un concierto. Yo venía de estudiar a Beethoven y nunca había oído esa clase de música. Me asombró completamente. Me pareció que era como una pintura, casi podía ver el agua corriendo. Les pedí a mis papás que me compraran el CD de Perlemuter tocando las obras completas de Ravel y la primera pieza que aprendí fue el Preludio. Para mi adolescencia ya había tocado casi la totalidad de estas composiciones. Y he tocado las obras completas de Ravel en una sola noche, con dos intermedios. En esos casos procuro que el orden sea algo intuitivo, pero termina siendo más o menos cronológico. Me importa que Gaspard de la Nuit suene al final de la segunda parte y que La Tombeau de Couperin cierre el recital. Lo hago así porque, cuando uno se interna en ese universo, descubre que esta última es la pieza más alegre que Ravel escribió: la compuso en memoria de gente que había muerto durante la Primera Guerra, pero eligió conmemorar un momento trágico con una obra muy luminosa.

“ASÍ QUE LA LABOR CONSISTE EN LIGAR LO QUE ESTÁ EN LA PARTITURA A UNA EXPERIENCIA PROPIA Y TRANSMITIR ESE SENTIMIENTO A LOS OYENTES. Y ELLOS, A SU VEZ, RECIBIRÁN LA MÚSICA BASÁNDOSE EN SUS EXPERIENCIAS”.

Sobre los títulos en la música de Ravel, puedo decir que funcionan como una evocación. En La Tombeau de Couperin hay una aproximación clásica cuando habla de minuetos y fugas: esto implica cierta pureza. Son detalles interesantes para un intérprete porque siempre un título cuenta una historia. Por ejemplo, en Miroirs, la segunda pieza se llama Pájaros tristes, ya que al comienzo se oye un motivo tomado del canto de un pájaro que Ravel oyó en un bosque cerca de París. Yo conozco ese bosque, he estado allí varias veces y se me facilita imaginar esa historia. Pero, a la vez, tengo mi propia experiencia del bosque, tengo un sentimiento personal. Así que la labor consiste en ligar lo que está en la partitura a una experiencia propia y transmitir ese sentimiento a los oyentes. Y ellos, a su vez, recibirán la música basándose en sus experiencias.

De todas sus obras tal vez los Valses nobles et sentimentales sea la más enigmática. Ravel era un gran amante de la danza clásica, del vals, y estas son ocho piezas que pretenden hacerle homenaje, pero son muy diferentes entre sí, muy concentradas y con espíritus disímiles. Y la última es muy extraña: más que un vals parece un sueño medio brumoso. Es el sonido de un mundo desordenado.

No imagino a Ravel sonriendo, entre otras cosas porque las biografías hablan de él como una persona fría y distante. Mucho se ha hablado de la melancolía en la música de Ravel, sin embargo también había humor: estoy seguro de que era capaz de contar un chiste sin mostrarse gracioso. Cuando uno visita el Museo de Maurice Ravel en Montfort-l’Amaury, la que fue su casa a 20 kilómetros de París, puede observar su colección de objetos pequeños; muchos de ellos no tenían utilidad, eran decoración kitsch o juguetes o cosas absurdas. Y así es su música, quizá no tan divertida como la de Satie, pero, si uno sabe leer esas partituras, puede hallar un gran sentido del humor.