MARTIN STADTFELD

Mozart al encuentro con Bach

Heredero de una larga tradición rusa y medalla de oro en el Concurso Bach de Leipzig de 2002, Martin Stadtfeld interpretará en el Cartagena XII Festival Internacional de Música la obra para piano de W. A. Mozart.

 

Por: Iván R. Contreras

Martin Stadtfeld ha hecho de Johann Sebastian Bach la columna vertebral de su catálogo discográfico. Sus grabaciones de El Clave Bien Temperado, las Variaciones Goldberg y la integral de los conciertos para teclado, unidas a la medalla de oro en el Concurso Bach de Leipzig, nos dejan ver a un pianista que, a pesar de ser el último eslabón de una larga cadena de grandes maestros rusos como Lev Oborin, (tutor de su maestro Lev Natochenny) tiene la música alemana como el centro de su repertorio.

No es una casualidad, entonces, que las obras de Mozart que Stadtfeld llevará a Cartagena, (el Concierto en Re menor, la Sonata en Do menor y la Fantasía K 475) a pesar de pertenecer a otro periodo y a otro compositor, guarden estrecha relación con la música de Bach, pues fueron escritas en el periodo en el que el genio de Salzburgo se obsesionó con la música del Thomaskantor de Leipzig.

“El encuentro de Mozart con la música de J. S. Bach -señala Stadtfeld– es uno de los acontecimientos más espectaculares en la historia. En el momento en el que el Barón van Swieten le presenta la obra del músico alemán, Mozart queda impresionado, pues solo conocía la obra de sus hijos. La música de Bach padre estaba prácticamente olvidada y a nadie le interesaba”.

El año del trascendental descubrimiento fue 1782; el mismo en el que Johann Christian Bach moría en Londres sumido en la pobreza. J. C. Bach, el hijo menor de Johann Sebastian, además de ser uno de los amigos más queridos de Mozart, ejerció una poderosa influencia en su obra temprana y enseñó, al entonces niño prodigio, la forma más acabada del estilo galante, también llamado rococó.

Luego de esta revelación, “Mozart empieza a escribir fugas y fugas, logrando combinar de una manera increíble el estilo rococó con el contrapunto”.

La presencia de este tipo de pasajes contrapuntísticos en la música de Mozart a la que hace referencia Stadtfeld, hace parte de las obras del periodo vienés: sus últimas sinfonías, el Réquiem, su última sonata para piano, la cual en su textura se asemeja por momentos a una invención a dos voces de Bach.

Es precisamente en sus últimas sonatas en donde se puede ver con mayor claridad otra característica bastante particular: su técnica al teclado, que está más ligada al pasado que al futuro del pianoforte. Mozart, quien había sido educado en el clavecín, dio un giro en su manera de escribir sonatas para piano alrededor de 1775, cuando empezó a componer pensando en el sonido del pianoforte.

“Cuando Mozart era un niño -anota Martin Stadtfeld– el piano no era importante, pues hasta ahora se estaba desarrollando. Antón Walter al llegar a Viena habló con Mozart sobre los ajustes que eran necesarios para sus nuevos instrumentos. Este encuentro fue fundamental para el desarrollo del piano”.

Pero muy a pesar de esto, los bajos alberti, las escalas y los arpegios a la vieja usanza del estilo galante están presentes desde el principio hasta el final de sus 18 sonatas. La esencia de la producción del sonido para Mozart siempre radicó en el contacto delicado que las puntas de los dedos ejercen sobre la tecla, equiparable a la gracia y sutileza de las puntas en el ballet.

Los recursos técnicos que iban a ser desarrollados en la música para piano del siguiente siglo, y que tanto disgustaban a Mozart, serían implementados por otro a quien despectivamente apodó “el mechanicus”: el italiano Muzio Clementi. El paso del tiempo dejó en un segundo plano la obra de Clementi; su técnica, por el contrario, fue la antesala al piano del siglo XIX.

Mozart se había medido en una competencia con el italiano en 1781. La apreciación sobre su oponente, además de criticarlo sin piedad, nos deja ver a un Mozart resistente a este tipo de pianismo: “pasajes notables o sorprendentes no hay ninguno, aparte de sextas y octavas. Ruego a mi hermana que no se ocupe mucho de estos, para que no estropee su mano calma y relajada, y no pierda así su ligereza, flexibilidad y agilidad natural…, [Clementi] es un puro mechanicus”.

Nunca he tocado sonatas de Clementi, -dice Stadtfeld- Bach es mucho más importante para entender la música de Mozart. Incluso la de los hijos fue más influyente en él. Cuando Johann Chrsitian murió, Mozart escribió el Concierto en La mayor, en el que se ve la fuerte influencia que ejerció el menor de los hijos de Bach sobre Mozart, la cual es superior a la de Clementi”.

“…de hecho, la sonata que tocaré en Cartagena sobresale en el catálogo de Mozart en parte por esta razón. Está escrita en una situación de crisis; su tonalidad es un romántico Do menor. Realmente es una sola pieza con la Fantasia, pues tienen el mismo tema que Mozart tomó de La ofrenda Musical de Bach, otro ejemplo más de la admiración que el músico alemán ejerció en él”.

Mozart, entonces, clavó su mirada en el pasado y, al igual que un escultor del Renacimiento, encontró allí la fuente que renovaría su arte. Este redescubrimiento de una obra prácticamente perdida para su tiempo le permitió, en el marco de contornos claros y proporcionales, desarrollar un discurso cargado de desconocida exuberancia para su tiempo.

Para Miguel Ángel la fuente fue la Antigua Grecia y su vehículo el mármol; para el último Mozart fueron Bach y la sonata respectivamente. La grandeza de ambos estuvo en servirse del pasado, ya no para añorarlo, sino para interpretar el espíritu de su época. Este afortunado encuentro a través del tiempo, marcó el punto más perfecto y acabado del estilo clásico del siglo XVIII.