La Digitale

ÓPERA PARA EL SIGLO XXI

A raíz de sus próximos conciertos en Colombia y del estreno de su ópera La digitale en el Teatro Colón los días 10 y 11 de marzo, Tempo propuso a Juan Pablo Carreño, uno de los artistas centrales del año Francia-Colombia, el siguiente encuentro con el director musical del ensamble Le Balcon Maxime Pascal. De esta conversación nace la siguiente nota.

La obra escrita por el compositor colombiano Juan Pablo Carreño, es la primera de una trilogía de óperas policíacas. Su trama gira alrededor de Flore, una mujer condenada a la locura y a la muerte, quien es acusada de cometer un asesinato producido por envenenamiento. La historia comienza en el ambiente adusto de una sala de interrogatorio, lugar a donde es conducida la protagonista para ser inculpada, pero horas antes de ser capturada y sin que nadie lo sospeche, Flore, sellando su destino trágico, ingiere una dosis de veneno que la llevará hacia la muerte a través de una prolongada agonía.

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La Digitale. Foto: Francois Moura.

MAXIM PASCAL: Tú estudiaste y trabajaste en Colombia, en Estados Unidos, y en diferentes lugares de Europa.

JUAN PABLO CARREÑO: Yo soy de Bucaramanga. A los 18 años viajé a Bogotá para estudiar música en la Universidad Javeriana. Bogotá, con sus múltiples culturas urbanas, su submundo, sus posibilidades infinitas, su caos, forjó una gran parte de mi carácter. Fue un gran periodo iniciático de encuentros musicales, espirituales, afectivos. Bogotá es una ciudad vertiginosa que me ha inspirado durante todos estos años y con la que conservo una relación intensa, trascendente. A París llegué hace doce años: doce años frenéticos con algunos intervalos en otras partes.

M.P.: ¿Qué representa para ti ser un compositor colombiano cuya carrera ha estado bastante ligada a esos lugares?

J.P.C.: Cada lugar llega con lo suyo. En Roma estuve durante un año y medio. Fue ahí donde escribí Garras de oro. Roma me impuso una reflexión sobre lo esencial, que dio origen a los dos seminarios sobre Lo esencial y sus alternativas que organicé en Roma y París; seminarios en los que, junto a los compositores Georges Aperghis, Michael Levinas y Jean-Luch Hervé, entre otros, reflexionamos frente a las “certezas” musicales del siglo XX, los presupuestos del mundo de la creación musical contemporánea y las diferentes alternativas que en Europa hoy son consideradas como esenciales, y que en muchos casos no lo son para un compositor latinoamericano o de otras latitudes.

A Berlín me fui por tres meses para escribir mi obra Naturalis historia, y termine  quedándome un poco más de un año, periodo en el trabajé igualmente en la escritura de mi ópera La digitale.

La Digitale. Foto: Francois Moura.

M.P.: Tu obra se ha alimentado por diferentes culturas…

J.P.C.: Cuando llegué aquí (a París), en el 2005, me encontré con una comunidad latinoamericana que ha sabido conservar en Francia una latinidad inseparable de una cierta concepción de la creación, y de un compromiso moral y político marcado por la historia reciente de sus países.

También, en el Conservatorio de París, descubrí una generación de intérpretes y compositores con la disposición y los fundamentos —y llenos de ideas—, impaciente por crear nuevos puntos de referencia musicales. Juntos —tú y yo incluidos—, fundamos Le Balcon, un proyecto musical en torno a la relación entre la sonorización y una concepción radical del espectáculo musical. Tanto mi experiencia latinoamericana, como mi experiencia con Le Balcon han sido fundamentales en el desarrollo de mi obra musical. Obras como Ronde autour d’une machine à sous, 2008, y el ciclo Self-fiction, 2012-2013, están intrínsecamente ligadas a Colombia y a nuestra experiencia con Le Balcon.

M.P.: ¿Podrías hacer un inventario de tus intereses, deseos, e inspiraciones en el momento en el que comenzaste a trabajar en la escritura de La digitale?

J.P.C.: La época de escritura de La digitale fue también la de Naturalis Historia, mi primera obra vocal en muchos años. Escrita a partir de textos de Plinio el Viejo, fue una obra me permitió explorar las posibilidades de la lengua latina cantada en su prosodia y sus glisandos infinitos. Tanto esa experiencia, como las reflexiones de Plinio, a propósito de la naturaleza humana y de algunas prácticas medicinales bárbaras de su época, fueron esenciales en la concepción de La digitale. Pero es imposible hablar de mis influencias en ese momento sin evocar el impacto que tuvo en mí, muchos años antes, una puesta en escena magistral de Philippe Adrien en el Teatro de la Tompette, que sembró la semilla que daría origen a la idea de la doble dramaturgia de La digitale —una gran parte de la acción de esta ópera debería ser escuchada como si el público estuviera dentro de la cabeza del personaje principal—. Y sería también injusto no hablar de mis primeras intenciones con el género de la ópera, pues La digitale, mal que bien, tomó prestadas algunas ideas de otros proyectos operáticos que nunca se realizaron.

La Digitale. Foto: Francois Moura.

M.P.: ¿Piensas que tu cultura colombiana y tu música han influenciado tu entorno artístico cercano?

J.P.C.: Le Balcon es un ensamble colombo- francés que ha sido en París un actor importante en la difusión de la música

de compositores latinoamericanos. Le ha abierto, sin duda, un nuevo espacio a estas músicas. Pero tal vez tú, mejor que yo —tú que has estado en contacto y trabajado con muchos de los compositores latinoamericanos que viven en París—, podrías responder a esa pregunta.

M.P.: Le Balcon ha estado en contacto permanente con los artistas colombianos. Un tercio de los fundadores de la tropa viene de allí, y en un país cuyos dirigentes y fundadores de instituciones culturales son raramente extranjeros, eso no es anodino. La influencia que ha ejercido en mí el contacto con estos artistas ha sido diversa y esencial. En Francia, la enseñanza de las diferentes formas de arte es muy académica. Los criterios de apreciación y de producción de una obra de arte están ligados a una educación tradicional o, más bien, a una cierta tradición francesa. Nuestra herencia, en lo que concierne a la composición musical, es transmitida a través de parámetros característicos de un cierto estilo, tales como la orquestación o la armonía. La música de los compositores colombianos que yo conozco se sitúa muy lejos de esas preocupaciones. Yo veo en ellos un interés particular y una pasión por “otra cosa” que para un músico francés no es evidente, y que a mí, poco a poco, se me ha ido manifestando.

J.P.C.: ¿Podrías ser más específico?

M.P.: Lo primero que descubrí, particularmente en la música de Carreño y de Revueltas, es la fuerza expresiva del sonido producido por el intérprete como energía pura. Algo que he sentido como una prolongación importante de lo que ya había podido experimentar con la música de Beethoven o de Varèse, donde la energía del sonido, del ritmo y de las masas sonoras son un objeto expresivo. Para mí la novedad en la música de estos compositores latinoamericanos es la aparición de una especie de objeto-sonido-intérprete de una gran fuerza emocional. Este objeto lo encontramos, particularmente, en la obra Garras de oro.

La Digitale. Foto: Francois Moura.

Otra cosa que me ha marcado de la música de estos compositores es la forma en la que esta encuentra su camino más allá de las formas conocidas. El acto composicional no hace concesiones frente a las convenciones de la creación musical de hoy en día.

J.P.C.: El proceso de creación de una obra es algo difícil de describir. Tiene, claramente, una primera etapa de anunciación, que es como una especie de grito sordo que toma posesión del cuerpo y del alma. Y Luego es como si súbitamente la obra ya estuviera ahí, esperando o incubándose, antes de comenzar a revelarse. Difícil hacer concesiones desde esa perspectiva.

M.P.: Para mí el resultado es un trabajo de interpretación de un género nuevo que cuestiona la noción de música escrita. La frase de Mahler “en la partitura está todo, salvo lo esencial” tiene una resonancia bien particular al contacto de las músicas escritas suramericanas. Pues es recurrente que todo el interés del compositor se focalice en un más allá del sonido, un más allá poético y fantástico; y para alcanzarlo es necesario despojarse de las costumbres y los mecanismos de interpretación establecidos durante estos últimos siglos en Europa.