FEDERICO HOYOS

La escuela más allá del aula

Luego de interpretar la música de Penderecki por petición del mismo compositor, la Filarmónica Juvenil de Cámara, dirigida desde hace cuatro años por Federico Hoyos, se presentará con Cuadros de una exposición y el concierto para arpa de Handel interpretado por Martha Bonilla los días 10, 11 y 12 de octubre.

Por: Iván R. Contreras

Pisar los pasillos del conservatorio que Rachmaninov y Rostropovich recorrieron y leer tallados en el mármol de honor sus prolongados nombres constituye para cualquier músico un acto revelador. En ese sentido, no exagero al decir que ser aceptado en una cátedra dictada en el aula de David Oistrakh o Yuri Yankelievich debe ser lo más cercano a una epifanía.

Allí, al Conservatorio Tchaikovsky de Moscú llegó Federico Hoyos en 1990. La beca que le otorgó la URSS le permitió sumergirse en un país en donde orquestas e instituciones, antes que nada, están al servicio de su cultura, pues los rusos, lejos de dejarse encandilar por las luces de la Europa ilustrada, lograron hace tiempo cantar con voz propia.

Esta visión marcó a Hoyos y ha sido su obsesión desde que pisó nuevamente suelo colombiano. Durante estos cuatro años al frente de la Orquesta Filarmónica Juvenil de Cámara ha logrado estrenar y re-estrenar obras de compositores colombianos vivos escritas para este formato; también, grabar algunas como solista.

En la siguiente entrevista, Federico Hoyos habla de su visión sobre la música nacional, sobre la Juvenil de Cámara y la petición que hizo Krzysztof Penderecki de escuchar sus obras interpretadas por la orquesta que Hoyos dirige desde septiembre de 2013.

Usted es miembro de una familia de músicos, espacialmente de cuerdistas…

Sí. Mi padre, Rafael Hoyos, fue miembro fundador de la Orquesta Filarmónica de Bogotá y uno de los miembros más jóvenes de la Orquesta Sinfónica Nacional en sus inicios. Él fue nuestro primer maestro y, aunque es contrabajista, nos inculcó el amor por el violín. De todos mis hermanos, que son bastantes, la única que no es violinista es Elvira. Ella es chelista.

A la casa de su padre con seguridad llegaron varios músicos, ¿a quiénes recuerda?

Claro. Recuerdo ver en mi casa a Mario Gómez Vignes, a Carlos Villa y también al maestro Luis Carlos Figueroa. La amistad de mi padre con Frank Preuss era muy próxima. También recuerdo a Harold Martina quien acompañaba a mi hermano Rafael, que por aquel entonces era como el primer niño prodigio del violín del que se tenía noticia en nuestro país.

Nos dijo que su primer maestro fue su padre, ¿quiénes vinieron después en su formación?

Sí. Como decía antes, mi padre fue mi primer mentor pero también Herman Duque nos revisaba. Él era un gran amigo de mi padre. Yo empecé, a comparación de mis hermanos, mucho más tarde…casi a los ocho años. Luego tomé clases con el maestro Grigor Kostov, un búlgaro que tocaba como principal de segundos de la OFB. Por aquel entonces había llegado Carlos Rocha al país, quien se había formado en Alemania. También recuerdo que tomé clases con Krasimira Vaseva, una búlgara que en aquellos años era concertino de la Orquesta Sinfónica Nacional.

Usted se ganó la beca para el Conservatorio de Moscú en 1990, ¿cómo fue este choque cultural?

Dejar Colombia para ir a Rusia no fue nada fácil al principio. Para todos fue un impacto fuerte por las condiciones. Muchos se devolvían a pesar de la beca. La vida cultural rusa es algo muy especial, el respeto por su tradición y su cultura es algo impresionante. De hecho, una de las materias principales en las instituciones rusas es el estudio del arte popular y trabajan bastante en la recopilación de aires autóctonos, algo muy similar a lo que hizo Bartók en Hungría.

La Escuela de Gnessin, que no es tan conocida, es una academia impresionante. Allí está la facultad de jazz y también la facultad de músicas populares. De hecho, esto me impresionó aún más que el Conservatorio de Moscú, pues en los pasillos puedes oír balalaicas interpretando a Paganini con un grado de virtuosismo impresionante. Ellos han organizado recitales de acordeón ruso, en los que puedes oír las Cuatro estaciones de Vivaldi y otra cantidad de obras impresionantemente virtuosas y músicas populares.

Los salones de clases en el Conservatorio de Moscú son como una suerte de museos, ¿cómo recuerda esto?

Eso es algo muy especial en la tradición del Este, en Occidente no es tan así. En mi salón estaba colgado el cuadro de Yuri Yankelievich, quien fue el maestro de Ludmila Slavianova, mi maestra en el Conservatorio. Yankelievich fue el mentor de violinistas como Vladimir Spivakov y Víctor Tretiakov. Es un tipo importantísimo en la tradición rusa del violín y, a pesar de su rigurosidad, se caracterizaba por la libertad que daba a cada uno de sus estudiantes, lo cual les permitía desarrollar una voz propia. No producía alumnos en serie.

¿Qué recuerda de su maestra?

Tuve dos maestras importantes en Europa: Ludmila Slavianova, en Moscú, y Nana Jashvili, en Alemania, quien fue alumna del gran Leonid Kogan. Slavianova fue alumna toda la vida de Yankelievich y de su asistente y su maestría y doctorado también los hizo con él.

Lo que más me impactó al entrar a ese conservatorio fue la vehemencia de estos pedagogos para enseñar. Cada movimiento, cada postura, cada gesto, por mínimo que sea, es revisado y vigilado minuciosamente. Ese nivel de detalle no lo he visto en ninguna parte. Esto viene de la tradición de Odessa, de Stolyarsky, quien fuera el maestro de David Oistrakh. Él tenía un asistente que durante la clase se tiraba al piso para corregir, por ejemplo, el movimiento del meñique…impresionante. De mi maestra recuerdo especialmente cómo movía el brazo derecho, el del arco…con qué facilidad…era increíble y eso era producto de la pedagogía con la que se formó.

Su trabajo se ha caracterizado por promover las obras de compositores colombianos vivos ¿Cómo nace esa inquietud?

Siempre tenía la inquietud de conocer las músicas propias. Después de estar en Moscú y en Alemania fui más consciente de esto. En Rusia, por ejemplo, el excelente nivel de violín tiene que ver bastante con que existió un compositor como Tchaikovsky que escribió unos conciertos monumentales para este instrumento, al igual que Brahms en Alemania.  Y esto, instrumentalmente hablando, quiere decir que estos compositores impusieron unos retos interpretativos muy altos. Yo estoy seguro de que sin Rachmaninov, Prokofiev, Hindemith o Bruch no existiría la escuela interpretativa que tienen en la actualidad estos países. Esta es una sola razón más para incentivar a nuestros compositores a escribir, pues el desarrollo de una escuela instrumental viene más de los retos artísticos que del aula.

¿Cómo ve esto reflejado en la actualidad en los programas de concierto y en las carreras universitarias?

Es muy importante que en los programas de música haya un componente de compositores vivos colombianos. Veo que hay una evolución en este sentido, pero sin duda hay unos sectores que tienen todavía una apatía hacia la producción nacional contemporánea y solo están interesados en tocar el repertorio europeo tradicional; más que una evolución, esto es una involución para nuestro desarrollo.

¿Usted encuentra una tendencia general en la estética de nuestros compositores?

He tenido el privilegio de estrenar algunas obras de nuestros compositores. Lo fascinante es que todos son muy diferentes, no se puede hablar de una tendencia o de una escuela única. Cada compositor es un mundo y eso es muy enriquecedor. Es muy diferente como concibe la música un Francisco Zumaqué o un Jorge Pinzón.

Francisco estudió en París con Nadia Boulager e incluso colaboró con Eddie Palmieri, el gran músico de salsa. Todo esto le dio un discurso muy diferente al que puede tener Jorge Pinzón, que viene de la escuela Tchaikovsky. De pronto, aparece Pedro Sarmiento, alumno de Blas Emilio Atehortúa, con unas ideas completamente distintas. Y también se pueden encontrar sonoridades exóticas como las de Francisco Lequerica. Se podría decir que si hay algo en común entre ellos es la presencia de un factor rítmico. Claro, encuentras también a Mauricio Nasi Lignarolo, organista y compositor, con un discurso neoromántico que no tiene que ver con nadie. Es quizás un solitario en su estética musical

Usted cumple cuatro años al frente de la Orquesta Filarmónica Juvenil de Cámara, la cual ha sorprendido a todos por sus excelentes resultados…

Sí. Cuatro años ya. Una orquesta que crea David García y continua la administración de Sandra Meluk. Estas plataformas musicales son muy importantes para nuestros jóvenes músicos. Algo muy especial es que a pesar de ser auspiciada por la OFB no es exclusivamente bogotana, pues hay músicos de todas partes de Colombia. A veces tenemos componentes un poco teatrales para acercar a los públicos a nuestra música y hemos ido en este sentido a todos los rincones de Bogotá, como colegios y bibliotecas. Es la única orquesta de cámara y, más que orgullo, eso me produce preocupación.

En su última visita, Penderecki pidió dirigir la Juvenil de Cámara, ¿cómo fue esto?

En 2016 el Festival de Música Sacra invitó a Penderecki. Para esa visita a Bogotá, el maestro planteó un repertorio de música de cuerdas y ahí fue donde la OFB propuso a su Orquesta Juvenil de Cámara. Hubo una muy buena conexión artística entre el maestro y la orquesta, al punto que nos invitó al Festival Beethoven que organiza en Varsovia. Ahora, en 2017, Penderecki fue de nuevo invitado y él mismo pidió volver a trabajar con la Juvenil de Cámara. Todo un honor para nosotros.

¿Qué le gustaría que estos jóvenes nunca olvidaran de su relación con la música?

Se me viene a la cabeza una frase de Stravinsky que dice que la música es ante todo un juego del espíritu. Me gustaría que esto siempre lo recordaran.