Cita en la ciudad ficticia de Mahagonny

Weill y la música degenerada

Auge y caída de la ciudad de Mahagonny es una coproducción del Teatro Colón de Buenos Aires, el Teatro Municipal de Santiago y el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo. En este último escenario se presentará los días 27 de febrero, 1 y 3 de marzo.

El compositor Kurt Weill y el dramaturgo Bertolt Brecht no llegaron a consolidar una verdadera amistad, pero en los seis años que duró su colaboración artística, de 1927 a 1933, hicieron una contribución determinante al teatro musical. Los dos pertenecían a esa generación de jóvenes alemanes desencantados con las desgracias de su nación en la Primera Guerra Mundial y soñaban con un arte capaz de provocar una transformación en la sociedad. Se conocieron cuando en la Alemania derrotada ya había desaparecido la antigua monarquía y se había establecido la República de Weimar. El lugar de su encuentro fue Berlín, la capital, una ciudad efervescente de nuevas ideas, poblada por centenares de intelectuales y bohemios involucrados en corrientes creativas renovadoras, y animada por cabarets desenfrenados en los que las canciones populares, los bailes de moda, la sátira social y política, el humor y la irreverencia actuaban con total impunidad y parecían hacerles guiños a las futuras obras escénicas de los dos artistas. En esa ciudad vital y real los terminó reuniendo la ciudad ficticia de una de sus óperas: Mahagonny, una población fundada por prófugos de la justicia en el oeste de los Estados Unidos que prosperó bajo las leyes del libertinaje, la amoralidad y el materialismo, y luego se destruyó en medio del caos.

Al principio de su carrera Weill compuso bajo la influencia de Mahler, R. Strauss y el expresionismo, pero sus instintos lo llevaron a buscar un arte más simple, de raíces populares y asimilación más fácil para el público. Decidido a alejarse de la estética musical trascendental y cargada de emociones, terminó encontrando su camino en la música ligera de los cabarets, en los aires nuevos que soplaban desde Norteamérica, como el jazz; y en otras vertientes que armonizaban con su inclinación a la sátira y lo grotesco. A su vez, al trabajar con Weill, Brecht vio una oportunidad para llevar al mundo de la ópera sus conceptos sobre lo que él denominaba el teatro épico, es decir, un teatro dirigido a las masas, a las clases trabajadoras, que no pretendía entretener a su espectador con el sentimentalismo y la emoción de las escenas, sino despertar su conciencia para entender la realidad en la que estaba inmerso. Tanto Weill como Brecht pensaban que la ópera tradicional era un género que se encontraba en declive, y entre los dos, a su manera, le dieron un nuevo soplo. En pleno siglo XX, además, ellos representaban las dos caras de una vieja dualidad en la historia de la ópera: la lucha por la supremacía de la música o la palabra. Brecht, con su personalidad avasalladora, daba por hecho que lo más importante de sus colaboraciones eran el texto y la teatralidad que él había aportado; mientras Weill estaba convencido de que sus obras conjuntas eran esencialmente creaciones musicales. “La música impacta más que las palabras”, aseguraba. “Brecht lo sabe y yo sé que lo sabe. Pero nunca hablamos de ello. Si se planteara, no podríamos seguir trabajando”.

Su primera realización a dúo fue una especie de breve cantata que Weill compuso sobre unos poemas de Brecht: Canciones de Mahagonny. Luego se animaron a involucrarse en un proyecto más ambicioso que desarrollaba el anterior: Auge y caída de la ciudad de Mahagonny, una ópera extensa que, sin embargo, fue interrumpida por un encargo más apremiante: La ópera de tres centavos, que se estrenó en Berlín en 1928 y se convirtió en el mayor éxito de los dos. Pero el proyecto de Mahagonny pudo continuar y quedó a punto en 1929, aunque debió esperar un tiempo para subir a la escena porque sus contenidos, considerados vulgares y agresivos, causaron rechazo. La Ópera de Leipzig abrió sus puertas a condición de suprimir ciertos pasajes indeseables, y el estreno se pudo realizar el 9 de marzo de 1930. Las representaciones estuvieron envueltas en el escándalo, sobre todo por la presencia y merodeos de simpatizantes del Partido Nazi que condenaron desde el principio a esta ciudad del pecado y los excesos. La ópera se presentó en contadas ocasiones en Alemania; poco después entró en el índice de obras prohibidas de los nazis y desapareció del repertorio por varias décadas.

A Weill y a Brecht les quedaba poco tiempo en su patria. Cada uno tuvo que huir por su cuenta en 1933 cuando subió al poder el Partido Nazi con toda su amenaza de brutalidad, represión y violencia, que se cumplió con creces. Uno de los objetivos que se planteó el régimen de Hitler fue el de eliminar lo que se denominó la “música degenerada”. Así que numerosos compositores fueron perseguidos y detenidos, muchos de los cuales murieron o sobrevivieron a penas en los campos de concentración. Y se proscribieron y eliminaron las obras musicales que no cumplían con los ideales del Führer, a saber, aquellas que empleaban la atonalidad o excesivas disonancias, que mostraban algún tipo de influencia del jazz o cualquier relación con la raza negra, que hubieran sido compuestas por un músico judío o tuvieran algún vínculo con la ideología comunista. Weill, hijo del cantor de una sinagoga, y Brecht, un rebelde enamorado del comunismo, más los contenidos de sus obras para la escena, estaban entre los objetivos prioritarios de la persecución. Hicieron muy bien en huir porque Hitler también creó un imperio ficticio y demencial que se destruyó en el caos, como la ciudad de Mahagonny.